Aquellos tiempos del futuro - Capítulo 1

Queremos presentaros el primer capítulo de una novela de ciencia ficción que iremos publicando por episodios, a ser posible cada semana un nuevo capítulo. Detrás de la novela se encuentra la idea de crear una historia en la red, escrita por diferentes autores que irán dando forma (de manera independiente) a personajes, lugares y hechos, de manera que cada nuevo capítulo cuenta con la libertad creadora de su autor, creando así una historia conformada desde diferentes puntos de vista que no sabemos qué caminos recorrerá. Al final de cada capítulo, y a partir del primero, iremos recopilando un índice navegable para que sea sencillo viajar de un capítulo a otro y conocer los autores de cada uno de ellos ¡Esperamos que disfrutéis!.

Aquellos tiempos del futuro

Capítulo 1

El Inspector

De pie al fondo de la sala, el inspector Jaime Varela nunca pensó que conocería a su presa el mismo día de su velatorio. Siempre pensó que acabaría cogiéndole en lo que había sido una persecución que había durado siete años, unas veces más cerca otras veces más lejos. Y aun así, había sido la parca quien había encontrado primero a tan insigne prófugo, ahora rodeado públicamente de familiares, amigos y, posiblemente, compañeros de un grupo terrorista que aseguraba luchar contra el “dominio oscurantista y opresor del gobierno”. Si estaba allí por alguna razón era para constatar que era real, que no había estado persiguiendo a un fantasma durante tantas noches, que tenía un rostro, afeitado y con el cabello moreno hasta los hombros, una nariz robusta que acompañaba unos pómulos y una barbilla igual de contundentes. Y los ojos… cerrados. Habría dado cualquier cosa para levantar aquellos párpados y ver qué se ocultaba detrás de un hombre que había hecho volar en miles de virutas de metal tantas vidas. Siempre recordaría el comienzo de la investigación, el día en que los servidores físicos que almacenaban las vidas de tantas personas habían saltado por los aires junto con el edifico que los albergaba, una especie de búnker situado en el distrito Este de Santiago. Datos, sí, pero también recuerdos, fotografías, vídeos, conversaciones en la red. Había sido el primer gran atentado contra la memoria. La seguridad de tener que acceder físicamente a los servidores para manipular la información no había sido suficiente, y aquella tarde de un diecinueve de Mayo de 2037 se había escuchado un fuerte estruendo que había hecho temblar los cristales de los edificios incluso al otro lado de la ciudad. Pero aquellos párpados no se moverían, no mirarían a los ojos de Jaime mostrando desprecio o estupefacción por su detención, no. Aquel hombre había escapado, refugiándose en la muerte, el único lugar en donde nadie podría cogerle.

Las calles estaban húmedas por una lluvia reciente cuando Jaime salió del velatorio, y la imagen de aquel hombre muerto vestido con un traje negro le acompañaba en sus pasos, monótonos y ordenados. «El caso continúa» pensaba haciendo un esfuerzo por recordar los nombres de otros integrantes de la organización a los que había conseguido echar el guante, y después se puso a enumerar, uno por uno aquellos que permanecían ocultos por todo el país. Así, nombre a nombre y apellido por apellido pasó por delante de la urna de cristal que protegía la Catedral, único monumento histórico que se conservaba en la ciudad y que posiblemente no tardaría en ser desplazado a lo alto de un nuevo rascacielos que sería construido sobre sus propios cimientos.  Las luces de neón azul y morado del Destemplado detuvieron sus pensamientos y dirigieron sus pasos al interior. Se trataba de un bar como cualquier otro, en donde el humo de los cigarrillos electrónicos paranormalmente se iluminaba con las luces de colores que salían de una barra atestada de ladrones, borrachos y putas que intentaban venderles media hora en la cama, a los primeros y a los segundos. Alguna gente decente todavía frecuentaba esos lugares, pero no éste. Jaime se acercó a la barra, tendió la mano hacia un taburete de cuero raído y se sentó con los codos apoyados y los dedos entrecruzados. Ya con una copa en la mano no tuvo que esperar mucho a que el asiento contiguo fuese ocupado.

- Me alegro de verte Jaime, tan puntual como siempre, me gusta. 

Joao Andrade era un hombre menudo, joven y con rostro de haber estado en muchos sitios y hecho muchas cosas, gran parte de ellas ilegales. Ocultaba la mano derecha en uno de los bolsillos de sus tejanos mientras la otra jugaba con un hilo que se desprendía de su chaleco.

- Me pregunto cuándo podremos dejar de vernos en sitios como este – dijo Jaime -. Tu afán por recordarme lo sucia que es esta sociedad en la que vivimos acabará por matarme, ¿acaso no parezco un agente de la ley?

- Para nada, más te pareces a un oficinista que ha salido del velatorio de un ser muy querido, alguien sin el que tu vida ya no tiene sentido –Joao Andrade apoyó una mano en el antebrazo de Jaime -. ¡Y así te acuerdas que todos somos un poco putas!

El portugués reía sonoramente, confundiéndose con los gritos de los habituales y la música del local, algún tipo de heavy metal de años atrás que había sobrevivido en garitos como ese. 

- Vamos no te pongas así, lo superarás. Ahora tienen que dar un buen golpe para demostrar que la muerte de Sindo no les ha debilitado– dijo Joao soltando el brazo de Jaime y haciendo como que disparaba con la mano –. Y si me apuras –dijo susurrándole al oído-, diría que alguien que forma parte del personal de limpieza del edificio BHB va a recibir un regalito dentro de dos días en el piso número treinta y cinco a las once de la mañana.

- ¿Es seguro, quién? – apremió Jaime.

- Si nos vemos poco es precisamente para ahorrarte un montón de rumores y habladurías, claro que es seguro. Unos chicos nuevos, se ha muerto el jefe y no quieren arriesgarse a perder a alguien importante ahora, es comprensible. Me temo que no puedo decirte nada más, estos días hasta los más habladores han sido reservados. Supongo que es para estar acojonado cuando tu jefe ha sido asesinado y nadie sabe quién apretó el gatillo. Siempre pensé que habría sido uno de los tuyos, sino tú mismo.

- No hemos sido nosotros – Jaime dirigió la mirada de los ojos del portugués a la copa que sujetaba en las manos -. No me alivia lo que ha ocurrido, en cualquier caso me causa desconcierto.
Se terminó el contenido del vaso de un trago, hundió la mano en uno de los bolsillos y sacó un fajo de billetes. Joao sonrió mientras negaba con la mano.

- Paga la copa, las palabras son gratis, esta vez. ¿Somos amigos no?, aunque sea de vez en cuando – Joao le dio una palmada en el hombro, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y salió por la puerta del establecimiento

Jaime observó los billetes un instante y arrojó uno a la barra, cayendo junto al vaso vacío y se dispuso a marcharse a casa. Joao Andrade no le gustaba, sabía que le utilizaba para sus propios intereses, los cuales desconocía, y posiblemente no lo negaría si se lo hubiese preguntado. Con todo, siempre le había contado cosas que solo gente como él podía saber, personas con un talento que les permitía seguir con vida sabiendo todo lo que sabían. Le daba la impresión que sabía mucho y contaba poco. Joao era una de esas personas, como la mayor parte de los habitantes de la ciudad, que vivían en el anillo periférico, separados del bullicioso y rico centro por un muro de treinta y cuatro metros de alto. Solo se permitía el acceso durante un tiempo limitado y bajo circunstancias especiales, y muy extraordinarias, y a pesar de todo el portugués entraba y salía a su antojo. La contaminación y las humedades campaban por los barrios más pobres, levantados con piezas de metal y hojalata provenientes de la industria de la ciudad, que se asentaba en aquel anillo de mugre y oscuridad, pero también de vida, pues aquellas gentes intentaban mejorar sus condiciones de vida por muy poco que fuese. Simplemente no habían tenido una buena oportunidad, o habían esperado de brazos cruzados pensando que algún día llegaría para darse cuenta demasiado tarde que las oportunidades hay que buscarlas. La vida era complicada y el mundo tenía que cambiar, pero había que hacerlo desde la sensatez y el esfuerzo común, no a través del terrorismo practicado por unos pocos que no tienen el menor reparo en destruir todo lo que tienen a su alrededor con tal de llamar la atención.

Sindo Luvarco había muerto instantáneamente al recibir dos disparos que habían entrado por la espalda y habían salido limpiamente por su pecho. El cadáver había sido depositado al pie de unos contenedores y se había hecho una llamada anónima a la policía del distrito Norte del Anillo. El caos en el que podía estar sumergida la organización podría convertirse en la oportunidad perfecta para acabar con los criminales. Las luces de las farolas se reflejaban en los charcos de la calle mientras que unos vapores nauseabundos eran escupidos por tuberías y rejillas. En ese preciso momento, en el marco de la puerta oxidada del Destemplado, Jaime tuvo la repentina sensación de que las cosas no marcharían bien en los próximos días.

Continuará.

Capítulo 8 - Andrés Tártaro - José Luis Modroño.
Capítulo 9- El Inspector - David Taboada
Capítulo 11 - Consecuencias - María Taboada
Capítulo 12 - El Ojo Blanco - José Luis Modroño.
Capítulo 13 - El portugués - David Taboada


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