AQUELLOS TIEMPOS DEL FUTURO - CAPÍTULO 4 - EL ENMASCARADO

Aquellos tiempos del futuro

Capítulo 4

El Enmascarado

El Destemplado estaba plagado por la misma escoria que lo regentaba noche tras noche, a excepción de una persona que acudía religiosamente todos los miércoles, entre las diez y las doce, desde hacía dos meses. Un hombre de aspecto rudo que vestía con botas de piel, vaqueros y una chaqueta de cuero marrón que marcaba sus músculos. Todos en el barrio estaban acostumbrados a su presencia periódica pero ninguno sabía nada sobre él. Su rostro, oculto en todo momento tras una máscara-ordenador, de fabricación propia, le permitía mantener el anonimato durante sus apariciones; así como cotejar los datos de los presentes y tomar registro de todo lo que sucedía a su alrededor. Se trataba de una especie de máscara de gas de metal, con cristales tintados, a la que se le había sustituido el filtro de aire por un modificador de voz a modo de sonrisa siniestra.
El Enmascarado.
Pese a la prohibición de fumar mediante cualquier otro sistema que no fuesen los cigarrillos electrónicos, el enmascarado se afanaba en liar un canuto despreocupadamente. A nadie pareció importarle lo más mínimo. No sentían desprecio hacia ello, sino envidia. Al otro lado del muro eran muchos los que darían un riñón por cualquier tipo de droga que les permitiese evadirse de su miserable existencia, como los clientes del Destemplado. Quizá por eso cuando el enmascarado se encendió el porro, y lo introdujo en el agujero de su máscara destinado a este fin, todos procuraron embriagarse del humo que, poco a poco, iba perfumando el local.

Una gorda señora de unos cincuenta salió de la cocina del destemplado y se detuvo con los brazos en jarra para echarle un vistazo a su clientela. Llevaba su grasiento pelo rubio recogido en una coleta con una goma del pelo de aspecto ajado. Portaba un mandil cubierto de grasa y demás porquería de la cocina del Destemplado y, bajo él, unas mugrientas y ajadas sandalias. Tras revisar el panorama se percató de la presencia del hombre de la máscara, se acercó y se sentó en frente de él.
  • Bos días, meu (Buenos días, tronco).
El enmascarado se mantuvo en silencio. Inquebrantable. Ella miró fijamente su máscara durante unos segundos hasta que dio un leve golpe con los nudillos sobre la mesa, seguido de un:
  • Ségueme aló (Sígueme allí).
Acto seguido se levantó y caminó hacia el almacén ante la mirada furtiva de todos los curiosos clientes. Antes de seguirla, el enmascarado levantó la mano con el porro. Todos lo observaron y lo siguieron como perros hasta que lo posó en la mesa.
  • Que lo disfruten, señores.
El enmascarado se dirigió hacia el almacén, dónde la cocinera le esperaba apoyada en el marco de la puerta, mientras la clientela compartía el porro con la camaradería propia de la mendicidad. La cocinera condujo al enmascarado al interior del almacén, un lugar en el que la intimidad les permitía conversar sin tapujos.
  • Si sigues hablando en gallego no tardarán en chaparos este sitio.
La voz del enmascarado, filtrada por el modulador de voz, poseía una gravedad final digna del mismísimo Lucifer. Una voz acorde con su máscara.
  • Que lo intenten.
Ambos se mantuvieron la mirada en silencio durante unos segundos hasta que ella se acercó y le dió un abrazo. Él la correspondió con amabilidad.
  • Me alegro de verte, AMELIA. ¿Hoy no está tu hija?
  • No se, ni quiero saber, qué clase de lío te traes con LUDOVIKA, pero ha tenido que salir arreglar un tema, así que ¿Tienes lo mío?
  • Claro.
El enmascarado bajó la cremallera de su chaqueta y sacó una gran bolsa de marihuana. Los ojos de Amelia se abrieron como platos al ver su tamaño. Rebuscó en sus bolsillos con cierta vergüenza hasta que sacó una tarjeta de memoria.
  • Cada vez está más jodida la cosa pero te he conseguido el grandes éxitos de “Lin riskint” o algo así.
  • ¿Limp Bizkit? ¿No jodas?
El enmascarado observó la tarjeta de memoria como si de un tesoro se tratase, mientras ella sonreía con media boca contagiada por ese entusiasmo que no conseguía entender.
  • Me gustaría poder pagarte con algo más, pero...ya sabes.
  • ¿Con algo más?
El enmascarado se puso enfrente de ella y levantó la tarjeta con una mano para señalarla con la otra.
  • Esto. Esto es lo más, Amelia. ¿Cómo lo has...?
  • No preguntes.
El enmascarado le dio un amistoso golpe en el hombro a Amelia. Esta no acababa de entender qué le veía a esa música del pasado como para querer cambiarla por tanta hierva; la cual se cotizaba muy a la alta dado que sólo el enmascarado tenía acceso al cultivo de dicha planta, supuestamente extinta.
  • Eres la caña.
  • Y yo creo que t sigues perdiendo con el cambio.
  • Eso es porque no conoces el Nu-Metal de los noventa.
PI, PI, PI, PI.
El enmascarado se puso nervioso cuando una alarma comenzó a sonar dentro de su máscara. Eran las doce y diez, por lo que le quedaban 50 minutos para poder cruzar el muro y volver a su casa. El Destemplado estaba algo lejos de su punto de acceso, así que tendría que darse prisa. Pasar la noche fuera del muro no entraba dentro de sus planes.
  • Vuelves la semana que viene, ¿no?
  • Sólo si consigues "System of a Down". Acuérdate.
El enmascarado le dio una nota con el nombre del grupo anotado. Ella lo miró con cierta travesura disimulada por un forzado ceño fruncido.
  • Sólo te prometo que lo intentaré.
  • Ambos sabemos que si quieres lo consigues.
El enmascarado se despidió cariñosamente de Amelia. Salió del almacén, atravesó el local del Destemplado y accedió al exterior. Caminó a paso rápido por los siniestros y andrajosos suburbios del extramuro, hacia uno de los pasos fronterizos. Al contrario que durante el día, sobretodo de las horas habilitadas para las visitas diurnas extraordinarias, por la noche eran pocos los que hacían cola para entrar o salir. Los dos guardias encargados de ese paso fronterizo estaban ociosos, hasta que se toparon con la presencia del enmascarado. Del mismo modo que él, los guardias ocultaban sus rostros bajo una máscara, pero en su caso era reglamentaria, mientras que el enmascarado incumplía la ley al ocultar su rostro. Se observaron entre los tres durante unos segundos, en silencio, hasta que el guardia de menor estatura se acercó a él para cachearle con poca minuciosidad. Como si se tratase de una mera formalidad. El otro, más arisco y serio, continuó observando al Enmascarado con desprecio. Al terminar el cacheo, el guardia bajito le dijo:
  • Puede entrar, señor.
El Enmascarado le respondió con un leve y respetuoso asentimiento y caminó hacia el check point, dónde se encontraba el guardia más alto. Al pasar por su lado el Enmascarado hizo una leve reverencia acompañada de un:
  • Buenas noches, señorita.
El enmascarado accedió al otro lado del muro pasando al lado del guardia alto, que no le quitó el ojo de encima, y comenzó a marcharse hasta que este le dijo:
  • Escuche señorito. La semana que viene queremos veinticinco gramos.
El enmascarado se giró de medio lado y les miró de reojo. La incidencia de la luz de las farolas dotaba a su máscara de un aspecto aún más perturbador.
  • La semana que viene querréis lo mismo o dejo de venir, que yo esto lo hago porque quiero.
Los dos guardias se miraron con cierta frustración compartida. El que le había estado mirando mal desde que llegó no pudo contenerse.
  • Escucha niñato, nosotros nos la estamos jugando con esto, ¿sabes?
El enmascarado se giró del todo hasta ponerse en frente de ellos, mientras inclinaba la cabeza hacia un lado sin dejar de mirarles. Ese movimiento junto a lo siniestra que resultaban su máscara y el efecto de su modulador de voz; provocaron que el guardia bajito tragase saliva.
  • Suerte encontrando otro proveedor de hierba. 
El enmascarado se dio la vuelta y comenzó a alejarse. Los guardias se volvieron a mirar entre ellos con cierta frustración. El que se había enervado se mostraba ahora mucho más sosegado.
  • ¡Espera, joder! Espera.
El enmascarado frenó en seco, sin girarse.
  • Que sean veinte.
  • Hecho.
El enmascarado continuó caminando mientras una sonrisa traviesa se dibujaba en su rostro, bajo la máscara. A cierta distancia del muro, lejos de la vista de cualquiera, abrió una reja de un edificio abandonado y sacó una gran caja de madera. Dentro de ella había un aerodeslizador y una mochila. Volvió a esconder la caja vacía, guardó la máscara en la mochila y se dispuso a encender el aerodeslizador, cuando comenzó a sonar su ordenador de pulsera. Se trataba de una llamada de su padre “Guillermo Tártaro”. Pero había demasiadas interferencias en la línea pirata que este estaba usando para contactar con él.
  • ¿Diga?
  • ¿---res...Andrés?
  • ¿Padre?
  • -ien-s...ven-r...casa. No...-ay tiempo.
  • No te entiendo un carajo.
  • Ven a cas...or fav-r. ¡-ate pris...(biiiiiiiiiip)!
Andrés dio un puñetazo a la pared.
  • ¡Mierda!
La línea se había cortado súbitamente. Desde que su padre, un reputado científico de biomecánica, había sido captado por las grandes compañías para un proyecto secreto, sabía que era cuestión de tiempo que pasase algo malo. Temía que esta llamada pudiese ser la señal que confirmase sus presentimientos. Sólo había entendido una cosa bien, "tienes que venir a casa". Sin dudarlo ni un segundo, metió la tarjeta en su reloj y le dio al play en aleatorio. Encendió su aerodeslizador y salió a toda velocidad mientras "Rolling, de Limp Bizkit, comenzaba a sonar. ANDRÉS, el enmascarado, surfeaba a toda velocidad entre los rascacielos en dirección a su casa, en la parte rica de la ciudad, deseando que nada malo le estuviese ocurriendo a su padre.

Continuará.
Capítulo 8 - Andrés Tártaro - José Luis Modroño.
Capítulo 9- El Inspector - David Taboada
Capítulo 11 - Consecuencias - María Taboada

Capítulo 12 - El Ojo Blanco - José Luis Modroño.
Capítulo 13 - El portugués - David Taboada


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