AQUELLOS TIEMPOS DEL FUTURO - CAPÍTULO 18 - DIVINIDAD

Aquellos tiempos del futuro
Capítulo 18

La luminosidad de la noche y la oscuridad del día. El ser humano lo había cambiado todo: a la suave luz de la luna la había hecho palidecer con infinidad de neones, faros de vehículos, farolas eléctricas y demás artilugios, mientras que al Sol, en vez de tratarlo como nuestro gran aliado en la vida, lo había ocultado tras una nube negra de polución impenetrable. Pero así siempre ha sido la naturaleza del hombre, dar la vuelta a todo, mirar a la extinción y reirse en su cara, como el saltador suicida que no puede parar de reír de felicidad en su viaje contra el suelo. Al menos el suicida probablemente esté buscando una salida y no tenga ayuda. El otro se ríe satisfecho del progreso, creyéndose inmortal, intocable, un Dios capaz de hacer arder su propia tierra y mantenerse de pie, inmisericorde con los demás de su especie, viéndolos morir a causa de las siete plagas que les ha lanzado. Oh, qué poderoso es el ser humano, cuánta grandeza y poder. Qué gran orgullo en ser capaz de matar moviendo tan solo un dedo para pulsar un botón o dejando que los residuos hagan solos el trabajo y exterminen a la fauna y a la flora. El amo supremo. El último en llegar, el primero en tomar. Mira al abismo y el abismo teme devolverle la mirada. Y entre los Dioses humanos, no los llamemos más seres humanos, igual que en los textos antiguos griegos tienen sus batallas entre ellos, hundiendo Atlantis, jugando con los mortales hasta la caída de Troya, violando a las mujeres, matando a sus propios padres sin ningún signo de arrepentimiento igual que Zeus mató a Cronos. Así ha sido y así será.

Ezequiel era un Dios moderno, de esos de traje y etiqueta, de palabras que podían aniquilar ciudades, de actos que podían arrasar países, de amigos que podían hacer arder en llamas el mundo. Y ahí estaba él, mirando la luz de la noche a través de una ventana blindada, observando cómo el abismo huía aterrado ante sus ojos, saboreando la matanza que le había llevado al poder. Todo le había salido bien, excepto una parte. Se había hecho con el control de los Peregrinos, o más bien de una facción que le era ciegamente fiel, no en vano era un Dios, y como tal tenía que tener sus adoradores. Pero había perdido a todos los que había dejado en los túneles. Un sacrificio en su nombre. Áine había sido su avatar, le había enseñado demasiado bien. Pero no se preocupada, cualquier ente divino puede deshacer lo que ha creado. A veces una palabra basta.

Las otras dos personas en la sala eran también dioses: el líder del grupo terrorista que llevaba mucho tiempo masacrando inocentes y el amo y señor de la megaciudad de Santiago de Compostela en persona. La seguridad era impenetrable. Nada ni nadie podría tocarlos mientras estuvieran en lo alto de su propio Olimpo: la planta superior del Hostal de los Reyes Católicos. También cronos se creía todopoderoso hasta que Zeus acabó con él. Era la tradición. En la mitología el hijo mata al padre. Y Áine se conocía muy bien la lección.

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El Enmascarado había acudido a su llamada, y en estos momentos la sujetaba del hombro con fuerza para que Áine no cometiera una locura. Estaban observándolos mediante unos binoculares modificados para penetrar campos de anulación de niebla electrónica, y la rabia de ella la hacía querer saltar y acabar con todos en el edificio, pero Andrés Tártaro sabía que así solo conseguirían la muerte, había que ir poco a poco, paso a paso. Los grandes imperios caen desde abajo.

La joven aún tenía resonando las palabras de él en su cabeza: “Pero me temo que lo que me propones va más allá de ellos y de nosotros mismos. Esto nunca ha tratado de cazar un nombre físico, sino fiscal. Todos ellos caerán, vencidos por nuestras manos o por las de cualquier otro afín a nuestra causa, por eso necesito que entiendas que, del mismo modo que ellos han hecho con la mayoría de nosotros, “para que aprecien todo vamos a tener que dejarles sin nada”.” Y estaba de acuerdo... En parte. Ella sí tenía una presa física, pero cierto era que sería un placer quitarle todo, al igual que Ezequiel le había dado una vida para que luego fuera todo mentira y robársela.

Así pues se dieron la vuelta y se fueron hacia su primer objetivo, a las afueras de la ciudad, cerca de dónde se criara al principio Áine. Tras un poco más de tres cuartos de hora de azoteas y callejones, llegaron a dónde Asha les había indicado. Había un grupo de miembros de las bandas de la Zona Muerta introduciendo piezas y equipo hechos por niños (era más barato que unos pocos cientos de niños te hicieran el trabajo que el mantenimiento de unas máquinas, o acaso alguien creyó realmente alguna vez que las máquinas nos quitarían todo el trabajo), de manera un tanto ilegal, pero con ayuda de un gran sector corrupto de la policía bajo las órdenes del presidente y la ayuda de los grandes beneficiarios: las corporaciones. Todo eran piezas destinadas a ayudar a la gente que había perdido algo: una mano, un brazo, el corazón... O que simplemente querían por hobby o eficiencia cambiar un miembro de carne por otro de metal. Todos listos para ser modificados y poder controlar luego a sus receptores. Un dios jamás te da un don sin un precio, aunque éste sea algo tan sencillo como la simple adoración u obediencia. En éste caso, obediencia total, cómo el Enmascarado había podido comprobar dentro de su propia familia, o Áine al ser asaltada por un par de señores mayores, con piernas mecánicas, a los que tuvo que dejar noqueados antes de llegar al encuentro con Andrés. Ella lo tenía claro, veía la línea que no iba a cruzar. Sólo morirían quienes debían. No era el credo de los Peregrinos, eran sus propias creencias ahora lo que la guiaban.

Andrés Tártaro se preparó en su deslizador e hizo una pasada rápida por encima del enorme convoy que estaban cargando unas diez personas. Lo que nadie se dió cuenta fue del paquete que dejó caer, mientras lo seguían alerta con la mirada. Áine como una sombra noqueó a dos haciéndoles chocar cabeza contra cabeza. Mientras la confusión se adueñaba de los matones de la banda y éstos se giraban ahora hacia ella, el Enmascarado cayó como un rayo encima de otro, noqueándole con una fuerza inhumana, para luego, con una velocidad pasmosa derribar a otros dos en una carga. Cogidos en un ataque tan repentino, no habían tenido tiempo de empuñar las armas. Áine, moviéndose como una pantera, se metió dentro de las defensas de otro y le golpeó con ambas manos en el plexo solar, provocándole un desmayo al dejarlo sin respiración. Los cuatro que quedaban comenzaron a reaccionar, pero no fueron demasiado problema. La Peregrina y el Enmascarado podían manejar un grupo así ellos solos, juntos eran una máquina perfectamente engrasada frente a la que pocas cosas podrían aguantar. El último en quedar en pie sacó una pistola, Áine le lanzó un cuchillo contra la mano, haciéndole perder el arma, y, antes de que ésta tocara el suelo, el puño del enmascarado ya lo había dejado cao de un directo a la mandíbula.

Minutos después ambos miraban cómo ardía a lo lejos un convoy nacido de la sed de poder de los Dioses a los que harían caer. Los habían desafiado, era una llamada de atención, un aviso. Habían llamado a las puertas del Olimpo, ahora tocaba ir subiendo el monte poco a poco hasta acabar con el último rescoldo de divinidad.





Capítulo 3 - Asha - María Taboada.
Capítulo 4 - El Enmascarado - Jóse Luis Modroño.
Capítulo 5 - El Inspector  - David Taboada.
Capítulo 6 - Áine - Emilio Armada.
Capítulo 8 - Andrés Tártaro - José Luis Modroño.
Capítulo 9- El Inspector - David Taboada.
Capítulo 11 - Consecuencias - María Taboada.
Capítulo 12 - El Ojo Blanco - José Luis Modroño.

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